Dedicada otra vez a la mala escritura … y al más puro y real de los sentimientos “la envidia”.
Angelito de mi guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día … los puntos suspensivos indican la frase con que me dormía todos los días desde que tengo uso de razón, desde los cuatro o cinco años hasta los … alguna cifra veinteañera que como la oración ya se me olvido; la cadena de oro con la medalla de la virgen de los milagros que lleve puesta desde los nueve años, cuando hice mi primera comunión, hasta bien entrados los noventa me la robaron unos ladroncitos para comprarse un bareto y disfrutar un rato de la traba somnolienta que produce la marihuana; una virgencita rustica y feita que compre en Raquira se me quebró, como la fe que mueve montañas; igual pasó con la ilusión del cole de la vida soñada, una vez terminaban las clases, la misma que se desvaneció junto con las poéticas ideas revolucionarias que mi sicorigida personalidad nunca permitió que afloraran en la cantera universitaria donde estudie; de proyecto de vida no me queda más que un cartón de un diplomado que hice una vez a distancia, y dice proyectos … ambientales; por mi cabeza nunca paso la idea de establecerme en línea recta, a la manera tradicional de crecer, casarte y comprarte un TV pantalla plana, tampoco ponerme un traje sastre con un maletín de ejecutiva, mirar por encima de las gafas y llevar el pelo liso liso por el secador; así que con la fe quebrada, los sueños y las ideas desvanecidas, pantalones, zapatos planos y busitos y el proyecto de vida en un papel, decidí enfrentarme, en líneas ambiguas, al mundo de la adultes, medio soberbia medio desparpajada, medio tranquila, incluso medio pálida, mi color natural … pero que va sin fe, sin proyecto de vida, sin tacones y sin TV pantalla plana no es fácil asumir la existencia, y por eso en vez de palidecer aún más o sonrojarme por el tiempo perdido con mi cacareada personalidad, mi piel se ha tornado verdosa por la envidia (el único sentimiento que no es incoloro) que siento por las personas que llevan colgada una crucecita, estrella de David o media luna en el cuello; las que se tocan la cabeza, los dos hombros y el pecho en una ordenada revista gimnástica cuando pasan por una iglesia, aún más por las que piden un deseo cuando entran por primera vez a una capilla, pasan por debajo de un túnel o apagan las velitas de la torta del cumpleaños; por las que tocan madera o hueso de vieja, las que creen, creen y vuelven a creer en las historias de miedo y en la vida eterna, si la misma que sigue después de la muerte; por las que ansiosas se leen la taza del chocolate (yo a duras penas me tomo dos traguitos), las líneas de la mano no importa lo reseca que este, la carta astral, el calendario maya, el i ching, el iris y el Tarot; que envidia siento por los que disfrutan de los consejos sabios de los sicólogos, las gotas bioenergéticas y las agujitas del acupunturista; también siento envidia por las bibliotecas llenas de libros de superación personal, por los que lloran leyendo los párrafos de Anthony de Mello, Choppra, Louise L. Hay y Chiquinquirá Blandón; ahhh también por los babosos enamorados, y las chocolatinas, y los regalos, y los sobrenombres rosas como osito - osita, el murmullito telefónico y el metalenguaje infantil propio de esas lides del amor; tengo envidia además por las que usan falda y tacones, y disfrutan medio día en la peluquería oyendo las bestialidades del peluquero, pero que va yo estoy llena de uñeros porque nunca nunca nunca me hecho el manicure; siento Envidia por los que en la oficina te hablan todo el día de los adelantos de Camila la hija, y tienen la foto de los dos niños pegada en el paño de la división, por los que a la hora del almuerzo compran un dulce para Manuela y por la tarde aprovechan un ratito de la conexión a Internet para llevarles las tareas y consultas a laura y Melisa.
Siento envidia por los seguros (que no tienen idea de nada) que creen que se las saben todas así estén equivocados, por los que tienen celular que funciona, se saben su propio número y todo el día les entran llamadas; Envidia por las que compran productos por catalogo, como cremas para la piel, que traen de regalo una cartera plástica para los cosméticos (que nunca tendré), desodorantes, ropa interior femenina y bebidas adelgazantes; envidia por los que, como una muestra adicional de superación personal, van a charlas de Anway, Avon, para hacerse un dinerito extra con las ventas directas y tienen la certeza de que pronto les entregaran, como premio a su inquebrantable constancia, el carro marcado que te identificará frente a los demás como la vendedora estrella de Yambal.
Envidia por los que tienen carácter para tomar decisiones, bien sea con el corazón o con la masa cerebral, envidia por los que creen con convicción que son felices, aunque todos sabemos que la felicidad tan inodora, tan insabora, tan incolora, no existe … envidia por los que se acuestan y en vez del ruido insoportable del despertador son despertados por el suave murmullo de las animas, las mismas que viven en el purgatorio;
… envidia por los que se duermen con una pregunta difícil de contestar y amanecen con la respuesta enredada entre las cobijas y la almohada …
Siento envidia por los seguros (que no tienen idea de nada) que creen que se las saben todas así estén equivocados, por los que tienen celular que funciona, se saben su propio número y todo el día les entran llamadas; Envidia por las que compran productos por catalogo, como cremas para la piel, que traen de regalo una cartera plástica para los cosméticos (que nunca tendré), desodorantes, ropa interior femenina y bebidas adelgazantes; envidia por los que, como una muestra adicional de superación personal, van a charlas de Anway, Avon, para hacerse un dinerito extra con las ventas directas y tienen la certeza de que pronto les entregaran, como premio a su inquebrantable constancia, el carro marcado que te identificará frente a los demás como la vendedora estrella de Yambal.
Envidia por los que tienen carácter para tomar decisiones, bien sea con el corazón o con la masa cerebral, envidia por los que creen con convicción que son felices, aunque todos sabemos que la felicidad tan inodora, tan insabora, tan incolora, no existe … envidia por los que se acuestan y en vez del ruido insoportable del despertador son despertados por el suave murmullo de las animas, las mismas que viven en el purgatorio;
… envidia por los que se duermen con una pregunta difícil de contestar y amanecen con la respuesta enredada entre las cobijas y la almohada …
















